Atilio Borón: Discurso en los 191 años de la muerte del libertador

Compartir

Bolívar, el genio que soñó con la patria grande

El sueño bolivariano prosigue su curso, a contraviento y marea del imperio y sus lacayos. Como observara el historiador argentino Horacio López, “calcémonos también nosotros nuestras botas de campaña para concluir, de una buena vez, la construcción de la Patria Grande soñada por Bolívar, San Martín y Artigas.”

Atilio Borón / Jueves 23 de diciembre de 2021

Estamos aquí reunidos en el Parque Rivadavia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, al pie del monumento a Simón Bolívar, para rendir homenaje a una figura excepcional de la Patria Grande, un prócer de dimensiones homéricas, al cumplirse el 191 aniversario de su paso a la inmortalidad. Antes de comenzar quiero agradecer de todo corazón a la embajada de la República Bolivariana de Venezuela y al gobierno del Presidente Nicolás Maduro Moros por haberme honrado con esta invitación para pronunciar, en mi calidad de Orador de Orden, un discurso alusivo a una fecha tan magna como la que hoy nos convoca.

Bolívar llevó más lejos que nadie los ideales de la unidad de Nuestra América, mismos que compartía con José Gervasio Artigas y José de San Martín. Fue quien llegó más lejos en ese empeño porque organizó estratégicamente toda su lucha para avanzar con tenacidad y coherencia en pos de la creación de la Patria Grande. Logró en parte sus metas con la creación de la Gran Colombia, concretada también un 17 de diciembre pero de 1819, integrando a cinco países liberados del yugo español: Colombia, Panamá, Venezuela, Bolivia, y Ecuador. Poco después llevaría a término la gesta libertadora de San Martín concretando la liberación del Perú. Pero además de ser un genio militar Bolívar era un enorme intelectual, un hombre que conocía en detalle a los principales autores de la Ilustración y del Enciclopedismo francés. Podía citar a Montesquieu con la misma facilidad con que lo hacía con Locke o discutía las tesis de los Federalistas norteamericanos. Son miles las páginas que escribió a lo largo de su corta vida: 92 proclamas y 2.632 cartas además de innumerables discursos y folletos. La excepcional impronta intelectual que en él dejara Simón Rodríguez fue imborrable a lo largo de los 47 años de su vida.

Enemigo de las fantasías y el palabrerío facilista, Bolívar concibió una fórmula concreta para lograr la unidad de los pueblos y naciones de Nuestra América: una Confederación de Estados del continente. Esta fue una proposición sin precedentes en la historia universal, ya que los anteriores intentos de unificar naciones se concebían como producto de la conquista, el vasallaje y el sometimiento. La historia de los imperios, desde el romano y el persa en adelante –el carolingio, el otomano, el español, el portugués, el inglés, el francés, y el holandés dan prueba de ello. Bien recuerda Luis Vitale en La Larga Marcha por la Unidad y la Identidad latinoamericana que ni siquiera en Europa hubo un intento de unidad como el que tenía in mente Bolívar. La que propuso Napoleón se apoyaba, como los anteriores, en la expansión, conquista y dominación de los pueblos.

Conocedor de esas dolorosas (y frustradas) experiencias, Bolívar proyectó unir naciones y pueblos del mismo origen, con lengua, costumbres y tradiciones históricas comunes sobre la base de acuerdos voluntarios y autónomos y sin que desaparecieran los Estados nacionales. Sabía, como lo había enseñado Simón Rodríguez, que si la América española era original, originales debían ser sus instituciones y su gobierno, y originales sus medios de fundar uno y otro. “O inventamos o erramos”, dijo el Maestro, y Bolívar tomó buena nota de esa enseñanza. Había que inventar una nueva forma de unidad supranacional. Poco más de un siglo después un ilustre peruano, José Carlos Mariátegui, acuñaría un célebre aforismo de clara inspiración rodrigueana: “el socialismo en el Perú no puede ser calco ni copia sino creación heroica de su pueblo.” Una vez más: inventar.

La creación de este inédito proyecto de unidad latinoamericana fue recibido con mucho recelo por las elites oligárquicas de la región. El historiador, político y presidente argentino Bartolomé Mitre expresó de modo diáfano esta reacción, en 1864, cuando refiriéndose al Congreso Anfictiónico de Panamá (convocado en Junio de 1826 para sentar las bases de la unión de los países de Nuestra América) dijo que era un plan inventado por «Bolívar para dominar a la América». Nótese la similitud entre este infundio con el que casi dos siglos después se dirigiría en contra del Comandante Hugo Chávez Frías al relanzar el proyecto de la unidad latinoamericana, férreamente combatido por las clases dominantes de la región que se desviven por satisfacer los designios del imperio.

Cuando atemorizada por la feroz contraofensiva realista, la elite criolla venezolana vacilaba y estaba dispuesta a abandonar sus afanes independentistas Bolívar, junto a Miranda, Ribas y otros, pugnaron exitosamente por radicalizar el proceso a través del activismo de la Sociedad Patriótica. En ese contexto pronunció unas palabras que guardan una tremenda actualidad cuando se piensa en algunas coyunturas político-electorales latinoamericanas, en donde sectores del campo progresista y de la izquierda proponen, como en el Chile de hoy, la abstención electoral aún cuando lo que está en juego es el destino de la patria. El 3 de Julio de 1811 el Libertador decía que …

«Unirnos para reposar, para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición. (…) Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad Suramericana. ¡Vacilar es perdernos!» Recordemos estas palabras: “¡vacilar es perdernos!” En ciertas encrucijadas históricas no hay lugar para la indiferencia, el titubeo, o el paralizante eclecticismo, máxime cuando el imperio redobla sus criminales ataques en medio de la feroz pandemia del Covid-19.

El ideal de la unidad de los pueblos de Nuestra América fue una constante en el pensamiento y acción del caraqueño. Al año siguiente, 1812, en el manifiesto de Cartagena dijo: «soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas», y la historia le dio la razón. En términos contemporáneos, sin la unión de nuestros pueblos y nuestros gobiernos no se podrá neutralizar o repeler la ofensiva norteamericana encaminada concretar el mandato sintetizado en la Doctrina Monroe, sometiendo definitivamente a nuestros pueblos y apoderándose de nuestras tierras y nuestras riquezas.

El planteamiento bolivariano de unidad no era –ni lo es hoy, en la reformulación que hiciera el Comandante Chávez- una mera expresión de deseos, una ilusión folklórica o una fantasía genial, sino que obedece a una acertada definición geopolítica. Se fundamentaba en la solidez que a una gran región del planeta le otorgan una tradición, una lengua, un origen y costumbres comunes. Y sobre todo una comunidad de destino. La unidad de América Latina para Bolívar no era un capricho artificial sino que brotaba de la historia de sus pueblos, unidos por un «pacto implícito» de las naciones sometidas al colonialismo español y que habían luchado denodadamente por su autodeterminación. Sin esa unidad el destino de nuestros países sería su definitiva sujeción al pacto colonial hegemonizado por Washington. La propuesta del Libertador, en cambio, era un «pacto americano», por encima de los gobernantes de turno y de las coyunturas políticas; era, y es, la realización de un proyecto histórico estratégico, de largo plazo, que dos siglos más tarde conserva plena vigencia y que a pesar de estar aún inconcluso desvela e irrita a quienes sólo aspiran a convertir a nuestros países en dóciles colonias de la Roma Americana. Como el proyecto de la construcción de la Patria Grande se arraiga en lo más profundo de nuestra historia aquél prosigue su marcha, ora a ritmo rápido, ora a marcha lenta. Pero avanza. Hay dificultades pero avanza. Se aplica aquí la famosa frase de Galileo a sus inquisidores: “y sin embargo se mueve”.

El proyecto de la independencia política adquirió un carácter social cuando Bolívar visitó a la primera república de esclavos independientes de América Latina y del mundo: Haití. En esa tierra heroica Bolívar cayó en la cuenta que mal podría conquistarse la independencia y la unidad del continente si en simultáneo no se luchaba por la libertad de los esclavos y por la emancipación de las clases oprimidas. Las primeras derrotas de los libertadores a lo largo del continente fueron consecuencia de la inicial debilidad de la participación popular y, en numerosos casos, del apoyo que esclavos e indígenas brindaban a las fuerzas realistas que aparecían como enemigos de sus opresores criollos. Alexandre Petion, el presidente haitiano, le brindó a Bolívar valiosa ayuda militar: 250 hombres, armas y municiones para 6000 más y una imprenta, con la condición de que pusiera fin a la esclavitud en la nueva república. Por eso el Libertador sentenció que «Petion es el autor de nuestra independencia», destacando que ninguna nación europea y menos aún Estados Unidos prestaron ayuda alguna a la independencia latinoamericana. El triunfo fue logrado en gran medida gracias a la ayuda de Haití, «la República más democrática del mundo» según Bolívar. Ya en suelo patrio Bolívar no olvidó de sus promesas a Petion, proclamando en 1821 la liberación de los esclavos, en un país abrumadoramente dominado por los esclavócratas.

Fue por esto que el Comandante Chávez se indignaba cuando leía o escuchaba supuestos paralelismos entre Bolívar y George Washington, Thomas Jefferson o cualquiera de los padres fundadores de los Estados Unidos. Ninguno de ellos liberó sus esclavos. Washington los tuvo bajo su dominio durante 56 años, y sólo autorizó hacerlo tras su muerte, tal como lo declarara en su testamento. Pero sólo uno (sí, uno) de los 123 que tenía en su finca de Mount Vernon pudo gozar de la libertad. Los herederos del primer presidente de Estados Unidos violaron el mandato de su testamento y todos los demás permanecieron en la esclavitud. Thomas Jefferson, dueño de una de las más grandes plantaciones en Virginia, tenía en su finca de Monticello más de 600 esclavos. Sólo liberó a dos mientras se desempeñaba como el tercer presidente de Estados Unidos, cinco a su muerte y como lo dispuso su testamento y el resto se mantuvo en la esclavitud. Bolívar, en cambio, los liberó a todos.

Unas palabras finales para subrayar un dato frecuentemente olvidado: Bolívar no sólo era un genio militar, comparable a Napoleón, Julio César, Aníbal o Alejandro Magno; también fue un brillante político, un imaginativo constructor de instituciones que se adelantó a su tiempo. Como Fidel, como Chávez, Bolívar volaba más alto, y veía más lejos y más hondo. Por eso fue incomprendido, combatido y traicionado por muchos de sus contemporáneos y por eso terminó sus días lastrado por la enfermedad y sumido en la pobreza en Santa Marta. Como político tuvo una extraordinaria lucidez para apreciar el papel de la cultura y las ideologías en las luchas anticolonialistas de su tiempo, legado que todavía conserva una perentoria actualidad. Una frase resume magistralmente su pensamiento en esta materia, cuando en su célebre discurso de Angostura sentenció que “Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más que por la superstición.”

Lo mismo puede decirse de la clarividencia con que comprendió la importancia de la comunicación política en las luchas por la independencia. Eso que, mucho después, el comandante Chávez llamaría “la artillería del pensamiento.” En 1818 Bolívar fundó el semanario “Correo del Orinoco”, para lo cual el año anterior le había escrito una carta a su amigo Fernando Peñalver, a la sazón en Trinidad, diciéndole: «Mándeme usted de un modo u otro una imprenta, que es tan útil como los pertrechos militares.» La batalla cultural adquiría así, ante los ojos del Libertador, una centralidad equivalente a los enfrentamientos armados convencionales.

Este es el hombre que hoy estamos recordando, el genio que soñó con la Patria Grande, proyecto revitalizado por el Comandante Hugo Chávez Frías y que, a los tropiezos y lentamente, sigue en marcha. Por eso me parece oportuno concluir con las sentidas palabras del historiador cubano Francisco Pividal cuando dijo:

“así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies. Así está él, calzadas aún las botas de campaña porque lo que él no dejó hecho sin hacer está hasta hoy, porque Bolívar tiene que hacer en América todavía.”

El sueño bolivariano prosigue su curso, a contraviento y marea del imperio y sus lacayos. Como observara el historiador argentino Horacio López, “calcémonos también nosotros nuestras botas de campaña para concluir, de una buena vez, la construcción de la Patria Grande soñada por Bolívar, San Martín y Artigas.”

Nada más. Muchas gracias. ¡Bolívar vive!

Nota: en la preparación de este discurso me he servido de la lectura de diversas obras de Luis Vitale, Néstor Kohan, Horacio López, Luis Britto García, Indalecio Lievano Aguirre, y el autor de estas páginas, amén de diversos escritos del Libertador.

Tomado de Atilio Borón.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

Dejanos tu comentario

A %d blogueros les gusta esto: